Los Sueños de Sarita
Jorge Alejandro DelaVega Lozano
Sarita no anda bien de salud. Le ha dado por soñar con el marido. Todas las noches lo mira en el suelo, con la huella de la soga en el cuello, junto a una botella de vino, y empieza entonces a untarle vino en el cuello, alrededor de la herida que dejó la soga, creyendo que así el marido reviviría, cosa que no querría estando despierta.
Hace tiempo Sarita vive un complicado matrimonio, en casa llena de miseria, calamidades y penas sin consuelo. Esta mujer que tanto peregrinó de joven, vive ahora quieta y callada; atiende a las gallinas, zurce la ropa, y recuerda sus tiempos de matrimonio en la casa de su hijo Jorge y de su nuera Georgina. Sarita tiene la inquieta manía de andar fuera de casa durante las noches, cuando todos están dormidos. Lo cierto es que por las noches no va muy lejos, porque el miedo no se lo permitiría. Le basta con ir hasta el final de su calle en el pueblo. Los vecinos creen que la vieja está loca, porque en la historia de las acciones humanas, sería cosa digna de recuerdo ver a las madres viejas, yendo y viniendo a la luz de la luna, calladas, recordando cómo fue su pasado, y cómo no fue, hasta que una de ellas dijera, ya podemos volver a casa, nos vemos mañana. Pero no es así, Sarita vaga en las noches por exceso, para huir de los sueños que la esperan. Ella soñando supo que al día siguiente darían con el cuerpo del marido, colgado en la rama de un encino.
Una de esas noches, Sarita salió y no volvió. Dieron con ella al día siguiente, siendo clara la mañana, lejos del pueblo, debajo del encino donde el marido se había ahorcado. Estaba totalmente loca, hablando del marido como si estuviese vivo. Era toda ella una desgracia. Fue entonces que Sarita pudo viajar por primera vez en automóvil, para ir desde su pueblo al manicomio. Allí, en el manicomio, permaneció hasta morir como pabilo al que se le acaba la cera. Su hijo, Jorge Juan de la Encina, a veces, aunque no muchas, iba al manicomio a ver a su madre y, quedaban mirándose uno al otro, que más podían hacer. En el manicomio, Sarita murió rodeada de enfermeras, a quienes humildemente pedía una botella de vino para un trabajo que debía terminar antes que fuera tarde. La muerte de Sarita sucedió uno de esos domingos en los que no cuesta tanto creer en Dios. Por razones de luto, las circunstancias todas en las memoria quedaron, relampagueando y martilleando, retumbando distantes, casi adormecedoras. Quiere la vida, o quien manda en ella, que en la lista nunca falten calamidades, ni penas sin consuelo que sirvan para ir observando mejor aquellas circunstancias de las que empezamos a sospechar, y de las que se ha sospechado en otros siglos. Lo sospechoso debe tratarse en su acontecido tiempo, cuando tal conviene, y no hasta más tarde, cuando no haya remedio.
El hijo de Sarita, Jorge Juan de la Encina, emigró a trabajar en Estados Unidos. Ignorante del mal que hizo para merecer el castigo, Jorge Juan mete el azadón en la tierra y recuerda en entierro de su madre Sarita. Trata de olvidar las penas de vivir en aquella tierra extraña donde trabaja mientras sueña en ganarse la moneda extranjera que enviará a su familia que parecía elegida por el destino para negros casos. Pero si es hambre, miseria e injusticia en lo que pensamos, son abundantes en eso muchas poblaciones del mundo, porque el ardiente sol de justicia, aún no inflama la sequedad de todos los rastrojos.
Todos los días, en todos lados, las personas sueñan, confluyen lentamente a los lugares donde les ofrecen trabajo. Establecen contacto con los que vienen de otros sitios y han llegado. La columna va engrosando. Se hace más fuerte allí adelante. Los jóvenes llegan primero a los campos, avanzan aprisa y se unen a los demás en cada finca que ocupan. Es una romería, una peregrinación que rehace las vías del martirio, los pasos del vía crucis. Son trabajadores que no van a robar. Los guardias están dispuestos, piensan que es día de revolución, cuántos son.
Son millones los que emigran para poder trabajar, sin hablar de los incontables, destino de los que ya trabajan allá, ni de los invisibles, destino de los que se encontraron con la muerte en su camino. Todos ellos hicieron lo hecho, y todos ellos serán pequeños si sumamos desde lejos. En esas peregrinaciones, los espíritus de los muertos van buscando a un conocido, de los más allegados de cuerpo y corazón: mi madre, mi hermano, mi hijo. Por esto es natural que reconozcamos a Sarita, allí va, con su botella de vino, y al marido Juan Francisco de la Encina con el cabo de su soga al cuello, sujetando la mano de su mujer, diciendo: cuánto has tardado mujer, éstos vivos creen que están solos aquí, en ésta revuelta en el camino.
La tarde de sol tan bonita está, que Jorge Juan se tumba bajo la sombra rala de un encino y mira al cielo sin saber lo que mira con sus ojos oscuros como minas. Luego duerme y sueña que las almas huyen de sus cuerpos, unas con asco y otras con miedo. El sueño hace que Jorge vea todo desde una cuesta muy alta; las desgracias y pesadumbres por un lado, por otro las sombras huyen dejando el aire con nuevo aliento. Dios sube a descansar cuando Jorge Juan comienza a despertar en el valle. Podría haber pasado la tarde entera en ese soñar, y fueron escasos minutos. El sol apenas se mueve, no hay diferencia en las sombras. Jorge Juan despierta, dueño de nada, pequeña es la sombra que hace en el suelo. Porqué tanta la desgracia y el premio tan pequeño?
De pronto llega el patrón, con botas y sombrero, ojos de espulgo, vivos y bulliciosos; su modo de hablar entre penitente y disciplinante, tardado y abreviador en las respuestas; gran lanzador de espíritus en los que sustenta su cuerpo; hace de su desaliño humildad; cuenta visiones y hace milagros con ellas si se descuidan a creerle; es él mentira con alma y fábula con voz; no es patrón, sino alguacil. Ha de advertirse que los demonios en los alguaciles están por fuerza y de mala gana. Los diablos con todas sus sutilezas lo son por querer ser como Dios. Pero nada dijo el patrón en ese momento. La hermosura del paisaje entretenía la vista. Muda la naturaleza sin respuesta humana. Cantaba un pájaro, agradeciendo quizá a la naturaleza su armonía.
Súbitamente voltea el patrón su cabeza hacia la derecha, y tiende sus ojos codiciosos como buscando compañía en algún camino. Jorge Juan a lo lejos mira dos caminos, dos sendas que nacen en el mismo sitio, una de ellas se aparta de la otra, como si huyesen de acompañarse. La senda a mano derecha, es la calle más larga del mundo, llena de abrojos, asperezas y pasos de los que vienen de la jornada, acompañados de ellos mismos, tan angosta que decir que puede ir alguien a caballo es cosa de risa. La senda de la izquierda, ancha y pavimentada, es la de menor longitud en el mundo, por donde salen todas las figuras y desfiguros.
El patrón decide iniciar su discurso expresando deseos con amenazas elegantes. Ninguna enseñanza, nada nuevo ni importante. Dijo malo y bueno doscientas veces, cosa de todos los días frente a los trabajadores que atienden creyendo saber bien para qué son las humildades, los discursos y deseos. Las risas de los jornaleros disimulan un miedo provechoso. Hay quienes nada saben y aprenden. Otros no aprenden porque creen que lo saben todo. Y los que dicen que nada saben, piensan que saben algo en verdad.
Los espíritus de Juan Francisco de la Encina, y de su esposa Sarita, andan por ahí, y saben que los deseos son peregrinos, no encuentran descanso, nacen de la ignorancia, se alimentan de la variedad y, en lugar de buscar salida procuran que se prolongue el engaño. Los deseos están eslabonados en una cadena que tira de la vida. Empezaron con el mundo y acabarán con el. Y no hay nadie que no tenga un espacio, una casa, un aposento en ellos. Unos deseos son vecinos de otros; todos cuantos vemos por ahí lo son; se fundaron en el aire y en el agua para serlo; lo primero que matan es a su amo porque ninguno de ellos es lo que parece.
Siendo mentecatos por parecer discretos, y entendidos como tales, los deseos se alaban de tener poca memoria, se quejan de melancolías, viven descontentos, mal regidos, son hipócritas y prevalecen como ilusión en el entendimiento. No hay más clara y confirmada hipocresía en los deseos que al vestirse del bien en lo aparente matan con el engaño.
Job en la Biblia dice que, ninguna esperanza tiene el hipócrita, pues ni la tiene por lo que es, pues es malo, ni por lo que parece ser, pues lo que parece ser no es. En los nombres de todas las cosas, no hay la mayor del mundo. Todo es ilusión y deseo, por cualquier lado que se le mire, pero ilusión no será para quienes creen en las apariencias.
Ese domingo hubo fiesta. Jorge Juan y sus compañeros jornaleros, todos ellos envainados en sus uniformes azules, tomaron puesto conveniente en las tribunas, para mirar y aplaudir desde lo alto los eventos en la exposición agrícola y ganadera. Terminando la fiesta y las causas del alboroto, salieron todos ellos a la calle. Caminaron frente a una procesión donde seis hombres testificaban el peso de un ataúd. Detrás del féretro, parientes y amigos acompañan en la tristeza y el luto.
Pocos llantos, quizá muy autorizados, pero poco provechosos, distraen la atención de los espectadores cuyas palmadas ahora disciplinadas, sonaban antes de rato en rato. Se escuchan sollozos estirados, suspiros embutidos, y pujidos por falta de ganas. La procesión entra en una casa que parece despojada, sus paredes desnudas, y en el aposento sin luz eléctrica alguna, las miradas turbias en las velas. Las personas afirman que dentro del ataúd se encuentran los cuerpos de dos hombres, celador y reo, que en vida prometieron ayudarse. Algunos murmuran que en vida el plan de ambos, celador y reo, consistía en esperar a que cualquier reo falleciera en prisión durante la noche, para que el reo vivo pudiera escapar dentro del ataúd donde se encontraba el reo muerto, y el celador recibir pago por desenterrar el féretro. La muerte de algún reo se anunciaba haciendo sonar una campana. Un día llegó la noche esperada, sonó la campana, y el solitario reo para escapar de prisión en plena oscuridad, inexplicablemente ciega, entró en el ataúd, se acostó tendido encima del muerto, y cerró el ataúd que el celador prometió desenterrar. El reo esperó varias horas en el ataúd enterrado, quiso mirar su reloj para saber la hora, encendió una pequeña linterna que llevaba en la bolsa del pantalón y se dio cuenta que el cuerpo sobre el que estaba acostado era el del celador muerto esa misma noche. Dos días después, tres empleados del panteón, descubrieron los dos cuerpos muertos, celador y reo dentro del ataúd al desenterrar el féretro para trasladarlo a otra fosa, debido a un error en la ubicación.
Qué problemas tan singulares, perversos y difíciles. Cuántos interrogantes plantea la extensa historia de la humanidad que, a veces da la impresión de que acaba de empezar. Por esto nada tiene de extraño que terminemos desconfiando y perdiendo la paciencia, preguntándonos qué parte de nosotros es la que aspira ciertamente a la verdad, y quién de hecho nos interroga. Lo cierto es que la voluntad de verdad seguirá impulsándonos a arriesgarnos. Pero habría que preguntarnos si el valor de la verdad nos ha asaltado, o hemos sido nosotros quienes lo hemos asaltado. A veces la verdad se amontona como una nube, cada vez más callada y sombría.
Los sufridos espíritus de Juan Francisco de la Encina y de su esposa Sarita, tuvieron que cargar con lo más pesado, para que con ello se complazca la fortaleza. Con lo más pesado de todo cargan siempre los espíritus, como camellos cargados internándose en el desierto. Pero en pleno desierto se produce una transformación, la del espíritu en león, ansioso de conquistar su libertad para ser dueño y señor de su propio desierto. Van los espíritus peregrinando en busca de Dios, decididos a enfrentarse con su último amo, luchar contra el gran dragón y vencerle, aún cuando les obstaculice el paso brillando como el oro. El dragón está cubierto de escamas y, en cada una de ellas brilla el ¡debes! con reflejos dorados. Hace falta el león para conquistar la libertad, por esto el espíritu se transforma de sufrido y reverente camello a león. Sólo así, los espíritus que veneraron el ¡debes! como lo más sagrado, descubren lo que hay de engaño y de arbitrariedad, hasta en lo más sagrado.
Muchas personas como Jorge Juan sueñan, y el sueño merece que se le honre, y que se le respete. Esto es primordial. Hasta el ladrón respeta el sueño, se desliza por la noche sin hacer ruido. Dormir es un auténtico arte, y no de los menores, porque para poder dormir bien es preciso haber estado despierto todo el día, a lo largo de la jornada, como Jorge Juan y sus compañeros jornaleros que diez veces se vencen a ellos mismos durante la jornada, y eso produce un cansancio que es como opio para el alma. Esto significa que diez veces tienen que volver a reconciliarse con ellos mismos para encontrar la verdad, de lo contrario seguirían buscándola durante la noche, y su alma se quedaría con hambre.
Algunas veces al día tienen que reírse y alegrarse, de lo contrario, por la noche tendrían dolor en el estómago, que es el padre de las grandes tristezas. Pocos lo saben, pero cierto es que se deben tener todas las virtudes para poder dormir bien. Y aún cuando se tengan todas las virtudes, habrá también que saber prescindir de ellas en el momento oportuno, para que no se peleen entre sí por nuestra causa. El sueño, señor de las virtudes, no admite que le llamen. El sueño llama a nuestros ojos y éstos se vuelven pesados, toca nuestra boca y ésta bosteza. El sueño llega silencioso, como el más dulce de los ladrones, a robar nuestros pensamientos.
Sea cual sea su destino, en el tendrá que viajar Jorge Juan, porque a fin de cuentas no se tienen vivencias más que de uno mismo. Sus mismas pisadas borran el camino que deja detrás. En su camino se enfrenta a todo con ánimo confiado, aún cuando en ocasiones el espíritu de la pesadez, medio enano y medio topo, tira de él hacia abajo, y trata de meter en su cerebro pensamientos que son como gotas de plomo, pero Jorge Juan sabe bien que lo más alto en la vida, alcanza altura partiendo de lo más profundo. Esto está escrito en las rocas de todas las cumbres más altas que proceden siempre de lo más profundo del mar. Lo cierto es que durante la vida conocemos sólo un fragmento pequeño de lo ocurre. Muy pocas veces, sabemos si en el suelo que pisamos hubo en otro tiempo pisadas más leves, o pasos envenenados. No sabemos con exactitud sobre los fantasmas que están presentes entre las paredes que habitamos. El espacio no dice nada, es silencioso depositario del tiempo que fluye. Después de la muerte viene lo contrario, el tiempo no fluye, sino que se perpetúa con todo detalle. Eternidad y tiempo no se contradicen. La eternidad se da en el tiempo, pero nunca como una sucesión infinita de instantes irrepetibles, sino como una repetición eterna de unos mismos e idénticos instantes.
La eternidad constituye la única base que permite afirmar que lo idéntico volverá a repetirse. Aceptar la vida significa asumir los resultados que marcan los dados, en todas y cada una de las tiradas, dar por válidos los tantos obtenidos, sean cuales sean, todo esto por el inocente placer que se obtiene de la acción de jugar. En el pasado infinito, todo lo que puede suceder ha sucedido, sólo quedaría por venir la transformación en mero futuro. Lo mismo cabe decir de un tiempo futuro infinito, donde todo lo que puede suceder sucederá, y sólo quedaría por venir la transformación en mero pasado, porque un provenir eterno exige que en él transcurran todos los acontecimientos que puedan darse en el tiempo. Los senderos del pasado y del futuro se encuentran frente a frente, sus cabezas convergen en las dos caras de una puerta llamada instante.
Volvamos con Jorge Juan. Cuando hay dos, la soledad es más intensa que la de uno solo. Aquel espíritu de la pesadez, medio enano y medio topo, que a veces a todos acompaña, saltó de las espaldas de Jorge Juan al suelo, y se sentó en cuclillas, encima de una piedra. Jorge Juan entonces aprovecha para cuestionar al espíritu diciendo: ¿Crees tú, enano, que los senderos del pasado y del futuro son contradictorios? Luego el espíritu enano mostrando desprecio contestó lo siguiente: todo lo que se extiende en línea recta miente, la verdad es curva y el tiempo es circular; todo está fuertemente ligado entre sí, de tal manera que un sólo instante atrae todo lo que está por venir, incluyendo al instante mismo.
Jorge Juan prosigue: mira enano, éste instante se va hacia atrás por un camino sin fin ¿Acaso éste instante no recorrió antes todo lo que los instantes pueden recorrer? ¿Acaso no sucedió alguna vez todo lo que puede suceder?
Con todos éstos enigmas en su corazón, Jorge Juan despierta a solas, en medio de un claro de luna desierto, bajo un cielo sin mancha. En esa hora en que la luz se torna aún más callada y serena, la felicidad entre cielo y tierra busca cobijarse en almas luminosas que revelan sabiduría elevándose mudas sobre el mar. Es entonces el momento de emprender la marcha, el instante silencioso así lo ordena. Jorge Juan, sin tener aún toda la fuerza y audacia suprema del león, continúa navegando por mares ignotos, adulado a veces por el azar lisonjero, con la mirada adelante y atrás, sin poder mirar el final. Hace tiempo Jorge Juan aprendió en ésta vida y en éste mundo, que la felicidad se acerca lentamente y por lapsos cortos, y que algunos aplausos pueden hacer daño cuando quien alaba se imagina que devuelve, cuando en realidad está queriendo que le den más. Los aplausos llevan dentro sólo una parte diminuta y superficial de felicidad.
Los corazones empequeñecen junto a las creencias que ofrecen felicidad y virtud. Lo bueno es que Jorge Juan trata de mantener juventud y grandeza en su corazón. Algunos corazones jóvenes están cansados y envejecen prematuramente porque han convertido su mundo en algo sumamente estúpido y molesto, donde la única forma de vivir para ellos se encuentra entre el deseo de hacer fortuna y el egoísmo, no teniendo otra cosa en común con los demás, que la relación monetaria y visual.
Jorge Juan dice que en sueños mira personas convirtiéndose en seres endiablados, con fulgores de ángel, alma dolorida y, como tal, desafiante. Mira tantas cosas, y cuando despierta oye todas las que no ha visto. Cree que algunos de sus sueños son burlas de la fantasía, y ocio del alma. Está seguro que el diablo nunca dice la verdad, porque no conoce las cosas que Dios nos esconde. En el su sueño más reciente de Jorge Juan, la verdad y la justicia en éste mundo rebelde a Dios, están sujetas a los ministros y a los gobiernos. Por un lado, la verdad incómoda por desnuda, y por otro la justicia incómoda por rigurosa, anduvieron rogando a todos, hasta que la verdad muy cansada de tanto rogar, se asentó en un mudo, y la justicia desacomodada, viendo que no le hacían caso, y que usurpaban su nombre para honrar tiranías, determinó regresar al cielo, dejando por acá sólo algunas pisadas. Fue sólo entonces que los seres humanos pudieron bautizar sus propias leyes con los nombres de verdad y justicia.
En su ir y venir, Jorge Juan conoció a los que buscan mejores ingenios de otros, para con ellos dar muestras de habilidad, y con ella mostrar lo que en ellos no hay. Por allá conoció figuras de las que muy pocos se quieren reservar, y supo en detalle de los que censuran a las figuras para que nada sea tan gordo que espante, ni tan delgado que mortifique, ni tan dulce que empalague. Esas figuras que, a lo superior le llaman bonito, a lo bueno razonable, y a lo malo pésimo, nada les contenta, ni saben porqué. Son esas figuras como los pajes del pasado que usaron su dones para servir a los grandes, se contentan con traer bien su vestimenta, de día enamoran y de noche se espulgan, comen poco para mantener la apariencia, y repasan el plato de la mesa de su amo. Otras figuras ridículas que Jorge Juan conoció, tratan de parecer más bravos que lindos. Son esos valientes de mentira, que confiesan lo que no hicieron, y que ni en diez intentos darían herida a un manco.
Derechos Reservados © 2005
Autor: Jorge Alejandro DelaVega Lozano
jdelavegal@msn.com
Celular: 55 4006 0440
Ciudad de México
Jorge Alejandro DelaVega Lozano
Sarita no anda bien de salud. Le ha dado por soñar con el marido. Todas las noches lo mira en el suelo, con la huella de la soga en el cuello, junto a una botella de vino, y empieza entonces a untarle vino en el cuello, alrededor de la herida que dejó la soga, creyendo que así el marido reviviría, cosa que no querría estando despierta.
Hace tiempo Sarita vive un complicado matrimonio, en casa llena de miseria, calamidades y penas sin consuelo. Esta mujer que tanto peregrinó de joven, vive ahora quieta y callada; atiende a las gallinas, zurce la ropa, y recuerda sus tiempos de matrimonio en la casa de su hijo Jorge y de su nuera Georgina. Sarita tiene la inquieta manía de andar fuera de casa durante las noches, cuando todos están dormidos. Lo cierto es que por las noches no va muy lejos, porque el miedo no se lo permitiría. Le basta con ir hasta el final de su calle en el pueblo. Los vecinos creen que la vieja está loca, porque en la historia de las acciones humanas, sería cosa digna de recuerdo ver a las madres viejas, yendo y viniendo a la luz de la luna, calladas, recordando cómo fue su pasado, y cómo no fue, hasta que una de ellas dijera, ya podemos volver a casa, nos vemos mañana. Pero no es así, Sarita vaga en las noches por exceso, para huir de los sueños que la esperan. Ella soñando supo que al día siguiente darían con el cuerpo del marido, colgado en la rama de un encino.
Una de esas noches, Sarita salió y no volvió. Dieron con ella al día siguiente, siendo clara la mañana, lejos del pueblo, debajo del encino donde el marido se había ahorcado. Estaba totalmente loca, hablando del marido como si estuviese vivo. Era toda ella una desgracia. Fue entonces que Sarita pudo viajar por primera vez en automóvil, para ir desde su pueblo al manicomio. Allí, en el manicomio, permaneció hasta morir como pabilo al que se le acaba la cera. Su hijo, Jorge Juan de la Encina, a veces, aunque no muchas, iba al manicomio a ver a su madre y, quedaban mirándose uno al otro, que más podían hacer. En el manicomio, Sarita murió rodeada de enfermeras, a quienes humildemente pedía una botella de vino para un trabajo que debía terminar antes que fuera tarde. La muerte de Sarita sucedió uno de esos domingos en los que no cuesta tanto creer en Dios. Por razones de luto, las circunstancias todas en las memoria quedaron, relampagueando y martilleando, retumbando distantes, casi adormecedoras. Quiere la vida, o quien manda en ella, que en la lista nunca falten calamidades, ni penas sin consuelo que sirvan para ir observando mejor aquellas circunstancias de las que empezamos a sospechar, y de las que se ha sospechado en otros siglos. Lo sospechoso debe tratarse en su acontecido tiempo, cuando tal conviene, y no hasta más tarde, cuando no haya remedio.
El hijo de Sarita, Jorge Juan de la Encina, emigró a trabajar en Estados Unidos. Ignorante del mal que hizo para merecer el castigo, Jorge Juan mete el azadón en la tierra y recuerda en entierro de su madre Sarita. Trata de olvidar las penas de vivir en aquella tierra extraña donde trabaja mientras sueña en ganarse la moneda extranjera que enviará a su familia que parecía elegida por el destino para negros casos. Pero si es hambre, miseria e injusticia en lo que pensamos, son abundantes en eso muchas poblaciones del mundo, porque el ardiente sol de justicia, aún no inflama la sequedad de todos los rastrojos.
Todos los días, en todos lados, las personas sueñan, confluyen lentamente a los lugares donde les ofrecen trabajo. Establecen contacto con los que vienen de otros sitios y han llegado. La columna va engrosando. Se hace más fuerte allí adelante. Los jóvenes llegan primero a los campos, avanzan aprisa y se unen a los demás en cada finca que ocupan. Es una romería, una peregrinación que rehace las vías del martirio, los pasos del vía crucis. Son trabajadores que no van a robar. Los guardias están dispuestos, piensan que es día de revolución, cuántos son.
Son millones los que emigran para poder trabajar, sin hablar de los incontables, destino de los que ya trabajan allá, ni de los invisibles, destino de los que se encontraron con la muerte en su camino. Todos ellos hicieron lo hecho, y todos ellos serán pequeños si sumamos desde lejos. En esas peregrinaciones, los espíritus de los muertos van buscando a un conocido, de los más allegados de cuerpo y corazón: mi madre, mi hermano, mi hijo. Por esto es natural que reconozcamos a Sarita, allí va, con su botella de vino, y al marido Juan Francisco de la Encina con el cabo de su soga al cuello, sujetando la mano de su mujer, diciendo: cuánto has tardado mujer, éstos vivos creen que están solos aquí, en ésta revuelta en el camino.
La tarde de sol tan bonita está, que Jorge Juan se tumba bajo la sombra rala de un encino y mira al cielo sin saber lo que mira con sus ojos oscuros como minas. Luego duerme y sueña que las almas huyen de sus cuerpos, unas con asco y otras con miedo. El sueño hace que Jorge vea todo desde una cuesta muy alta; las desgracias y pesadumbres por un lado, por otro las sombras huyen dejando el aire con nuevo aliento. Dios sube a descansar cuando Jorge Juan comienza a despertar en el valle. Podría haber pasado la tarde entera en ese soñar, y fueron escasos minutos. El sol apenas se mueve, no hay diferencia en las sombras. Jorge Juan despierta, dueño de nada, pequeña es la sombra que hace en el suelo. Porqué tanta la desgracia y el premio tan pequeño?
De pronto llega el patrón, con botas y sombrero, ojos de espulgo, vivos y bulliciosos; su modo de hablar entre penitente y disciplinante, tardado y abreviador en las respuestas; gran lanzador de espíritus en los que sustenta su cuerpo; hace de su desaliño humildad; cuenta visiones y hace milagros con ellas si se descuidan a creerle; es él mentira con alma y fábula con voz; no es patrón, sino alguacil. Ha de advertirse que los demonios en los alguaciles están por fuerza y de mala gana. Los diablos con todas sus sutilezas lo son por querer ser como Dios. Pero nada dijo el patrón en ese momento. La hermosura del paisaje entretenía la vista. Muda la naturaleza sin respuesta humana. Cantaba un pájaro, agradeciendo quizá a la naturaleza su armonía.
Súbitamente voltea el patrón su cabeza hacia la derecha, y tiende sus ojos codiciosos como buscando compañía en algún camino. Jorge Juan a lo lejos mira dos caminos, dos sendas que nacen en el mismo sitio, una de ellas se aparta de la otra, como si huyesen de acompañarse. La senda a mano derecha, es la calle más larga del mundo, llena de abrojos, asperezas y pasos de los que vienen de la jornada, acompañados de ellos mismos, tan angosta que decir que puede ir alguien a caballo es cosa de risa. La senda de la izquierda, ancha y pavimentada, es la de menor longitud en el mundo, por donde salen todas las figuras y desfiguros.
El patrón decide iniciar su discurso expresando deseos con amenazas elegantes. Ninguna enseñanza, nada nuevo ni importante. Dijo malo y bueno doscientas veces, cosa de todos los días frente a los trabajadores que atienden creyendo saber bien para qué son las humildades, los discursos y deseos. Las risas de los jornaleros disimulan un miedo provechoso. Hay quienes nada saben y aprenden. Otros no aprenden porque creen que lo saben todo. Y los que dicen que nada saben, piensan que saben algo en verdad.
Los espíritus de Juan Francisco de la Encina, y de su esposa Sarita, andan por ahí, y saben que los deseos son peregrinos, no encuentran descanso, nacen de la ignorancia, se alimentan de la variedad y, en lugar de buscar salida procuran que se prolongue el engaño. Los deseos están eslabonados en una cadena que tira de la vida. Empezaron con el mundo y acabarán con el. Y no hay nadie que no tenga un espacio, una casa, un aposento en ellos. Unos deseos son vecinos de otros; todos cuantos vemos por ahí lo son; se fundaron en el aire y en el agua para serlo; lo primero que matan es a su amo porque ninguno de ellos es lo que parece.
Siendo mentecatos por parecer discretos, y entendidos como tales, los deseos se alaban de tener poca memoria, se quejan de melancolías, viven descontentos, mal regidos, son hipócritas y prevalecen como ilusión en el entendimiento. No hay más clara y confirmada hipocresía en los deseos que al vestirse del bien en lo aparente matan con el engaño.
Job en la Biblia dice que, ninguna esperanza tiene el hipócrita, pues ni la tiene por lo que es, pues es malo, ni por lo que parece ser, pues lo que parece ser no es. En los nombres de todas las cosas, no hay la mayor del mundo. Todo es ilusión y deseo, por cualquier lado que se le mire, pero ilusión no será para quienes creen en las apariencias.
Ese domingo hubo fiesta. Jorge Juan y sus compañeros jornaleros, todos ellos envainados en sus uniformes azules, tomaron puesto conveniente en las tribunas, para mirar y aplaudir desde lo alto los eventos en la exposición agrícola y ganadera. Terminando la fiesta y las causas del alboroto, salieron todos ellos a la calle. Caminaron frente a una procesión donde seis hombres testificaban el peso de un ataúd. Detrás del féretro, parientes y amigos acompañan en la tristeza y el luto.
Pocos llantos, quizá muy autorizados, pero poco provechosos, distraen la atención de los espectadores cuyas palmadas ahora disciplinadas, sonaban antes de rato en rato. Se escuchan sollozos estirados, suspiros embutidos, y pujidos por falta de ganas. La procesión entra en una casa que parece despojada, sus paredes desnudas, y en el aposento sin luz eléctrica alguna, las miradas turbias en las velas. Las personas afirman que dentro del ataúd se encuentran los cuerpos de dos hombres, celador y reo, que en vida prometieron ayudarse. Algunos murmuran que en vida el plan de ambos, celador y reo, consistía en esperar a que cualquier reo falleciera en prisión durante la noche, para que el reo vivo pudiera escapar dentro del ataúd donde se encontraba el reo muerto, y el celador recibir pago por desenterrar el féretro. La muerte de algún reo se anunciaba haciendo sonar una campana. Un día llegó la noche esperada, sonó la campana, y el solitario reo para escapar de prisión en plena oscuridad, inexplicablemente ciega, entró en el ataúd, se acostó tendido encima del muerto, y cerró el ataúd que el celador prometió desenterrar. El reo esperó varias horas en el ataúd enterrado, quiso mirar su reloj para saber la hora, encendió una pequeña linterna que llevaba en la bolsa del pantalón y se dio cuenta que el cuerpo sobre el que estaba acostado era el del celador muerto esa misma noche. Dos días después, tres empleados del panteón, descubrieron los dos cuerpos muertos, celador y reo dentro del ataúd al desenterrar el féretro para trasladarlo a otra fosa, debido a un error en la ubicación.
Qué problemas tan singulares, perversos y difíciles. Cuántos interrogantes plantea la extensa historia de la humanidad que, a veces da la impresión de que acaba de empezar. Por esto nada tiene de extraño que terminemos desconfiando y perdiendo la paciencia, preguntándonos qué parte de nosotros es la que aspira ciertamente a la verdad, y quién de hecho nos interroga. Lo cierto es que la voluntad de verdad seguirá impulsándonos a arriesgarnos. Pero habría que preguntarnos si el valor de la verdad nos ha asaltado, o hemos sido nosotros quienes lo hemos asaltado. A veces la verdad se amontona como una nube, cada vez más callada y sombría.
Los sufridos espíritus de Juan Francisco de la Encina y de su esposa Sarita, tuvieron que cargar con lo más pesado, para que con ello se complazca la fortaleza. Con lo más pesado de todo cargan siempre los espíritus, como camellos cargados internándose en el desierto. Pero en pleno desierto se produce una transformación, la del espíritu en león, ansioso de conquistar su libertad para ser dueño y señor de su propio desierto. Van los espíritus peregrinando en busca de Dios, decididos a enfrentarse con su último amo, luchar contra el gran dragón y vencerle, aún cuando les obstaculice el paso brillando como el oro. El dragón está cubierto de escamas y, en cada una de ellas brilla el ¡debes! con reflejos dorados. Hace falta el león para conquistar la libertad, por esto el espíritu se transforma de sufrido y reverente camello a león. Sólo así, los espíritus que veneraron el ¡debes! como lo más sagrado, descubren lo que hay de engaño y de arbitrariedad, hasta en lo más sagrado.
Muchas personas como Jorge Juan sueñan, y el sueño merece que se le honre, y que se le respete. Esto es primordial. Hasta el ladrón respeta el sueño, se desliza por la noche sin hacer ruido. Dormir es un auténtico arte, y no de los menores, porque para poder dormir bien es preciso haber estado despierto todo el día, a lo largo de la jornada, como Jorge Juan y sus compañeros jornaleros que diez veces se vencen a ellos mismos durante la jornada, y eso produce un cansancio que es como opio para el alma. Esto significa que diez veces tienen que volver a reconciliarse con ellos mismos para encontrar la verdad, de lo contrario seguirían buscándola durante la noche, y su alma se quedaría con hambre.
Algunas veces al día tienen que reírse y alegrarse, de lo contrario, por la noche tendrían dolor en el estómago, que es el padre de las grandes tristezas. Pocos lo saben, pero cierto es que se deben tener todas las virtudes para poder dormir bien. Y aún cuando se tengan todas las virtudes, habrá también que saber prescindir de ellas en el momento oportuno, para que no se peleen entre sí por nuestra causa. El sueño, señor de las virtudes, no admite que le llamen. El sueño llama a nuestros ojos y éstos se vuelven pesados, toca nuestra boca y ésta bosteza. El sueño llega silencioso, como el más dulce de los ladrones, a robar nuestros pensamientos.
Sea cual sea su destino, en el tendrá que viajar Jorge Juan, porque a fin de cuentas no se tienen vivencias más que de uno mismo. Sus mismas pisadas borran el camino que deja detrás. En su camino se enfrenta a todo con ánimo confiado, aún cuando en ocasiones el espíritu de la pesadez, medio enano y medio topo, tira de él hacia abajo, y trata de meter en su cerebro pensamientos que son como gotas de plomo, pero Jorge Juan sabe bien que lo más alto en la vida, alcanza altura partiendo de lo más profundo. Esto está escrito en las rocas de todas las cumbres más altas que proceden siempre de lo más profundo del mar. Lo cierto es que durante la vida conocemos sólo un fragmento pequeño de lo ocurre. Muy pocas veces, sabemos si en el suelo que pisamos hubo en otro tiempo pisadas más leves, o pasos envenenados. No sabemos con exactitud sobre los fantasmas que están presentes entre las paredes que habitamos. El espacio no dice nada, es silencioso depositario del tiempo que fluye. Después de la muerte viene lo contrario, el tiempo no fluye, sino que se perpetúa con todo detalle. Eternidad y tiempo no se contradicen. La eternidad se da en el tiempo, pero nunca como una sucesión infinita de instantes irrepetibles, sino como una repetición eterna de unos mismos e idénticos instantes.
La eternidad constituye la única base que permite afirmar que lo idéntico volverá a repetirse. Aceptar la vida significa asumir los resultados que marcan los dados, en todas y cada una de las tiradas, dar por válidos los tantos obtenidos, sean cuales sean, todo esto por el inocente placer que se obtiene de la acción de jugar. En el pasado infinito, todo lo que puede suceder ha sucedido, sólo quedaría por venir la transformación en mero futuro. Lo mismo cabe decir de un tiempo futuro infinito, donde todo lo que puede suceder sucederá, y sólo quedaría por venir la transformación en mero pasado, porque un provenir eterno exige que en él transcurran todos los acontecimientos que puedan darse en el tiempo. Los senderos del pasado y del futuro se encuentran frente a frente, sus cabezas convergen en las dos caras de una puerta llamada instante.
Volvamos con Jorge Juan. Cuando hay dos, la soledad es más intensa que la de uno solo. Aquel espíritu de la pesadez, medio enano y medio topo, que a veces a todos acompaña, saltó de las espaldas de Jorge Juan al suelo, y se sentó en cuclillas, encima de una piedra. Jorge Juan entonces aprovecha para cuestionar al espíritu diciendo: ¿Crees tú, enano, que los senderos del pasado y del futuro son contradictorios? Luego el espíritu enano mostrando desprecio contestó lo siguiente: todo lo que se extiende en línea recta miente, la verdad es curva y el tiempo es circular; todo está fuertemente ligado entre sí, de tal manera que un sólo instante atrae todo lo que está por venir, incluyendo al instante mismo.
Jorge Juan prosigue: mira enano, éste instante se va hacia atrás por un camino sin fin ¿Acaso éste instante no recorrió antes todo lo que los instantes pueden recorrer? ¿Acaso no sucedió alguna vez todo lo que puede suceder?
Con todos éstos enigmas en su corazón, Jorge Juan despierta a solas, en medio de un claro de luna desierto, bajo un cielo sin mancha. En esa hora en que la luz se torna aún más callada y serena, la felicidad entre cielo y tierra busca cobijarse en almas luminosas que revelan sabiduría elevándose mudas sobre el mar. Es entonces el momento de emprender la marcha, el instante silencioso así lo ordena. Jorge Juan, sin tener aún toda la fuerza y audacia suprema del león, continúa navegando por mares ignotos, adulado a veces por el azar lisonjero, con la mirada adelante y atrás, sin poder mirar el final. Hace tiempo Jorge Juan aprendió en ésta vida y en éste mundo, que la felicidad se acerca lentamente y por lapsos cortos, y que algunos aplausos pueden hacer daño cuando quien alaba se imagina que devuelve, cuando en realidad está queriendo que le den más. Los aplausos llevan dentro sólo una parte diminuta y superficial de felicidad.
Los corazones empequeñecen junto a las creencias que ofrecen felicidad y virtud. Lo bueno es que Jorge Juan trata de mantener juventud y grandeza en su corazón. Algunos corazones jóvenes están cansados y envejecen prematuramente porque han convertido su mundo en algo sumamente estúpido y molesto, donde la única forma de vivir para ellos se encuentra entre el deseo de hacer fortuna y el egoísmo, no teniendo otra cosa en común con los demás, que la relación monetaria y visual.
Jorge Juan dice que en sueños mira personas convirtiéndose en seres endiablados, con fulgores de ángel, alma dolorida y, como tal, desafiante. Mira tantas cosas, y cuando despierta oye todas las que no ha visto. Cree que algunos de sus sueños son burlas de la fantasía, y ocio del alma. Está seguro que el diablo nunca dice la verdad, porque no conoce las cosas que Dios nos esconde. En el su sueño más reciente de Jorge Juan, la verdad y la justicia en éste mundo rebelde a Dios, están sujetas a los ministros y a los gobiernos. Por un lado, la verdad incómoda por desnuda, y por otro la justicia incómoda por rigurosa, anduvieron rogando a todos, hasta que la verdad muy cansada de tanto rogar, se asentó en un mudo, y la justicia desacomodada, viendo que no le hacían caso, y que usurpaban su nombre para honrar tiranías, determinó regresar al cielo, dejando por acá sólo algunas pisadas. Fue sólo entonces que los seres humanos pudieron bautizar sus propias leyes con los nombres de verdad y justicia.
En su ir y venir, Jorge Juan conoció a los que buscan mejores ingenios de otros, para con ellos dar muestras de habilidad, y con ella mostrar lo que en ellos no hay. Por allá conoció figuras de las que muy pocos se quieren reservar, y supo en detalle de los que censuran a las figuras para que nada sea tan gordo que espante, ni tan delgado que mortifique, ni tan dulce que empalague. Esas figuras que, a lo superior le llaman bonito, a lo bueno razonable, y a lo malo pésimo, nada les contenta, ni saben porqué. Son esas figuras como los pajes del pasado que usaron su dones para servir a los grandes, se contentan con traer bien su vestimenta, de día enamoran y de noche se espulgan, comen poco para mantener la apariencia, y repasan el plato de la mesa de su amo. Otras figuras ridículas que Jorge Juan conoció, tratan de parecer más bravos que lindos. Son esos valientes de mentira, que confiesan lo que no hicieron, y que ni en diez intentos darían herida a un manco.
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Autor: Jorge Alejandro DelaVega Lozano
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